24 RITUALES: El latido imperecedero de una herencia que se hereda con el alma



Mientras el sol acaricia la tierra santiagueña, un luthier dialogó en silencio con la madera y el cuero. Sus manos no fabricaron un instrumento: despertaron un corazón. Tensaron tientos, acariciaron el parche y le regalaron un alma al bombo que luego habló con el lenguaje más antiguo de Santiago del Estero. La Marcha de los Bombos no se explica, se hereda; es el rito sagrado donde el tiempo se detiene para recordar que un pueblo vive mientras conserve intacta la música de sus raíces.

La prosa poética se vuelve carne en las calles santiagueñas, donde el eco de la marea legüera se resiste a abandonar el éter de la Madre de Ciudades. Tras el paso de una nueva y multitudinaria edición de la Marcha de los Bombos, la provincia no solo hace un balance de números, sino de emociones profundas. El rito, que conecta el silencioso trabajo artesanal del luthier en su taller con el andar colectivo de miles de peregrinos del sonido, ratifica que Santiago del Estero no explica su identidad: la vive, la respira y la transmite como una promesa eterna de cara al futuro.

La fisonomía urbana de la Capital provincial todavía conserva el aroma a tierra suelta y la vibración mística de su mayor manifestación popular. Cada golpe que aún no suena ya vino cargado de memoria. Es el eco del monte, el rumor del Salado y el Dulce, el andar de los hacheros, el canto de las chacareras y el latido profundo de una tierra que aprendió a contar su historia con el bombo legüero.

Y entonces ocurrió el milagro que año tras año paraliza y moviliza a la provincia. Desde los cuatro puntos cardinales han llegado los peregrinos del sonido. No trajeron banderas ni estandartes: trajeron bombos abrazados al pecho, como quien lleva consigo una parte de su propia historia. Han sido una multitud. Hay celebraciones que no se cuentan con números, sino con emociones.

La geografía fundacional de la provincia se transformó en el escenario ideal para albergar este sentimiento colectivo que trasciende las fronteras geográficas y generacionales:

  • Recepción histórica: La Madre de Ciudades los recibió con los brazos abiertos. Allí, donde nació tanta historia argentina, cada paso se convierte en un verso y cada golpe de parche en una sílaba de un poema que nadie escribió y que, sin embargo, todos conocen de memoria.
  • Sonido en el éter: ¡Shhh…! Guarde silencio por un momento. ¿Lo escucha? Es un bombo lejano que aún resuena. Ya parece tímido, pero pronto otro le responderá, y después otro, y otro más, porque perduran en un tiempo inconmensurable.
  • Identidad heredada: La Marcha de los Bombos queda en el éter. No se explica: se hereda. Es el rito donde Santiago del Estero se reconoce a sí mismo y vuelve a abrazar su identidad. Allí, entre tientos, cueros y maderas, el tiempo parece detenerse.

Cuando el último golpe se pierde en el horizonte, no es un final. Es la promesa de un nuevo encuentro, porque mientras exista un luthier que le dé alma a un bombo y exista un santiagueño dispuesto a hacerlo cantar, la tradición seguirá latiendo, eterna, en el corazón de la Madre de Ciudades. El ritual de las 24 ediciones se consuma, pero la música de las raíces queda flotando en el aire de julio, esperando pacientemente el próximo despertar.

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Fernanda Andrea Sanchez
Coordinación general y periodística

Martín Zevi
Coordinación del Dpto. Audiovisual

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